Nadia Comaneci y la escultura

Seudónimo: La súper gimnasta

Había una vez una niña llamada Aline, a quien le encantaba la gimnasia olímpica. Desde los 4 años hacía gimnasia, tenía suerte de que su coach fuera Nadia Comaneci, quien se sacó un 10 perfecto en su rutina, y todos los que la conocieron querían entrenar con ella. Había tenido una infancia difícil y, si su entrenador, que se llamaba Eduardo Rodriguez veía que hacía algo mal, o que algún truco no le salía, le pegaba con sus enormes manos, y la regañaba muy feo haciéndola entrenar una hora más sin descanso.

Aline la conoció a los 5 años y se emocionó mucho. A los 6, ya competía en todo tipo de torneos y deseaba ser como Nadia, pero no quería pasar por lo mismo que ella. Nadia se lastimó cuando estaba entrenando para las Olimpiadas con las barras asimétricas, su codo se zafó de las barras y tuvo un esguince y una fractura expuesta. Después de unos meses, estaba en la viga de equilibrio y se resbaló, rompiéndose la rodilla. Como seguía con el codo roto, tuvo que dejar la gimnasia para siempre, pero cuando se volvió adulta fue entrenadora y se mudó a Estados Unidos para promover la gimnasia de la forma correcta. Entonces, Aline se esforzaba mucho para ser como ella, y hacía gimnasia porque le gustaba y lo disfrutaba (si no, no lo haría).

Uno de los sueños de Nadia era conocer a Romero Brito, ver sus cuadros y esculturas. Un día, estando de vacaciones, fue de shopping y casualmente se lo encontró. Se emocionó tanto que casi se desmaya, se puso a brincar como loca, le pidió su autógrafo y su huella en tinta de tatuaje permanente, pero no se lo tatuó, solo se lo puso como estampa en el brazo. Verdaderamente estaba encantada.
De vuelta en su casa, buscó en su celular y vió que había una exposición de su ídolo. Sería el 18 de septiembre de 1960 en el Auditorio Nacional de México. ¡Eso era en 3 días!

Nadia pensó que no le iba a dar tiempo para comprar el ticket de avión, lo cual la hizo sentir muy triste, pues se estaba por perder una gran oportunidad. Pero algo increíble sucedió. Su coach, Eduardo, le marcó para ver cómo estaba después de tantos años sin saber de ella. Nadia le contó acerca del gran deseo de ir a ver la exposición de Romero Brito a México, y Eduardo, en un gran gesto, le ofreció regalarle los boletos, como una forma de disculparse por el maltrato y la dura exigencia que le había hecho pasar cuando era pequeña.

Nadia entendió que Eduardo estaba mostrándose arrepentido de lo que había pasado, y permitió que él se le acercara, tuvieron una plática en donde él pudo disculparse y explicar que él estaba equivocado y que no la había apoyado cómo debería hacerlo un entrenado; también le contó que desde hace mucho tiempo había dejado de ser entrenador porque las deportistas ya no se sentían a gusto trabajando con él, entonces se sintió muy solo, y ahí se dio cuenta de todo lo que había hecho mal, por eso la busco y supo que se había convertido en entrenadora pero que su manera de entrenar era a través de los valores y la confianza hacia sus alumnos, por lo que se sentía muy orgulloso de que ella a pesar de haber vivido años difíciles, pudiera transmitir a por y una buena actitud hacia la vida con sus enseñanzas.

Nadia no se esperaba ese encuentro, nunca imaginó volver a ver a su antiguo entrenador, pero comprendió que todo lo que había vivido le había dejado huella y la había convertido en quien era, ella también estaba satisfecha con su vida, con sus logros, pero principalmente de no haber permitido que nada ni nadie se interfiriera en sus sueños y su felicidad. Y así continuó inspirando a niñas cómo Aline y convencidas de que todos los seres humanos intentan hacer su mejor esfuerzo para ser buenos y ayudar a los demás, pero que si te equivocas no hay que dejar pasar la oportunidad de disculparse y tratar de en mediar el error.