No me acuerdo cómo se llamaba

Seudónimo: Letras

No me acuerdo cómo se llamaba. Desde hace casi treinta años apareció en mi casa salido como de la nada, una tarde de finales de noviembre. Llegó sin ser invitado y de forma casual; era un “supuesto amigo» que pasaba por ahí acompañado de alguien.

 

Parecía más o menos de mi edad, y yo tenía 30 años. Sufría la delgadez de alguien que ha heredado el hambre. Tenía el aspecto de un personaje que camina por el mundo con lo que trae puesto: un saco negro, largo, como un día sin luz, y unas botas negras, apretadas, gastadas por el uso.

 

Silenciosamente entró a mi casa, pedía trabajo y se quedó una eternidad. Entró por el recibidor, caminó por todo el pasillo oscuro y sin prisa, hasta que encontró un sillón, se estableció ahí y comenzó la travesía.

 

De pronto fue tejiendo con plantas una enredadera que salía del vestíbulo y atravesaba la sala, el comedor, y las escaleras.

 

Para llegar a la cocina había que pasar por un laberinto sin salida, rodeado de púas y plantas peligrosas, mismas que iba haciendo a un lado para poder llegar.

 

Así, poco a poco y sin pedirme permiso, fue apoderándose de mi casa, de mis muebles, de mi ser y de mis entrañas. Desde el momento que se sentó en aquel sillón, no se quitó más de ahí y se apoderó de mi vida como si fuera de él; desaparecí de un mundo real y me convertí en espectadora de mi vida.

 

Cuando hice conciencia, mi mundo entero se reducía a él, “mi supuesto amigo” que pasó un día por ahí a pedir trabajo y se quedó una eternidad.

 

Toda la gente a mi alrededor dejó de visitarme pues la presencia de él era total, pero lo que más arde en mi recuerdo son sus ojos, aquellos ojos grandes y profundos, tan tristes y vacíos que al mirarlos nunca estaba él, sino el reflejo del alma de uno mismo, eso lo sé ahora, en ese entonces, solo me asombraba.

 

Él estaba en todos lados, era como si el pensamiento lo materializara, volteabas y ahí estaba, pero al hablarle sentía uno que no sabía quién era, como una jugarreta interminable, como un gran juego de adivinanzas donde los nombres, docenas de ellos se presentaban a sí mismo divertidos: Peter, Paul, John, Jack, David, Jonathan, pero nunca, nunca ninguno le pertenecía.

 

Yo me había transformado en casi un vegetal, sin voz, ni presencia. Comencé a abandonarme, a casi no salir a la calle, dejé de trabajar, y poco a poco fui dejando de asearme, pues todo a mi alrededor era una enredadera salvaje que con solo moverme me raspaba y me impedía moverme. Mi aspecto parecía el de un árbol caído en el rincón del olvido.

 

Cada día era un sufrimiento perpetuo atravesar por aquella enredadera para poder comer, beber o ver por la ventana, por lo que decidí no moverme más de mi habitación.

 

Un día cualquiera, mis familiares cercanos, decidieron tocar a la puerta inquietos y nerviosos porque llevaba mucho tiempo sin poder responder el teléfono por la imposibilidad de moverme. Solo se escuchaba el silencio. No se dieron por vencidos y tras la angustia y preocupación por mi estado de salud, entraron a la casa, pero veían una enredadera torcida que abarcaba mi vida entera.

 

No quedaba un solo rincón sin cubrir por hojas enredadas y retorcidas de una planta tejida por él, que salía del vestíbulo y  se extendía por todo el piso, hasta llegar a mi habitación.

 

Lo primero que saltó a su vista fue la cama aprisionada por las ramas gruesas que no me permitían moverme. Solo mi cabello largo, grisáceo, maltratado generaba un movimiento originado por un viento lejano que abría paso desde la puerta de la calle.

 

Un día se fue, desapareció como había llegado, y aún ahora, después de tanto tiempo, algo dentro de mí se encorva lastimosamente por su recuerdo o por su olvido o será por mí, por haber conocido la verdad…