Plutón

Seudónimo: Míster Pana

Me levanté. La cabeza me daba vueltas y tenía una pierna entablillada, me encontraba en lo que parecía ser una jaula  grande y muy sucia. Había caballos relinchando afuera, no los veía porque estaba dentro de una carroza, probablemente me sacaron del pueblo y me estaban llevando a quién sabe dónde. ¿Seré ahora un esclavo?, ¿cuándo me secuestraron? Los recuerdos se convirtieron en unas imágenes borrosas de lo que pudo haber pasado, soldados romanos entrando al pueblo y mi mamá ordenándome que huyera de allí.

Pasaron las horas y tenía mucha hambre. Comencé a pensar que moriría, cuando un hombre chaparro y rechoncho, pero con una armadura, entró a la carroza y con voz ronca gritó: “Despierten, siervos, ya vamos a llegar”. Miré a sus grandes ojos marrones y le dije: “Sacame de acá, me voy a casa”. Él me regresó una mirada fría y dijo: “No me hagas reír, niño”.

Poco después, la carroza frenó bruscamente, y dio un vuelco por completo. El mismo hombre entró, cargó la jaula, me sacó de ahí. En frente de mí había una fortaleza enorme, nunca había visto nada parecido, no importa a donde volteara, veía esculturas del emperador. “Plutón”. Todo estaba hecho de mármol, excepto una gran puerta de roble en el centro, de gran monstruosidad. Se acercó otro soldado y diciendo: “¿Es ese?” se acercó para abrir la jaula.  Yo me preparé para escapar: era ahora o nunca. Nada más escuché el clic de la puerta, me abalancé hacia adelante como si no hubiera un mañana. Justo cuando pensé que era libre, el segundo soldado me agarró del cuello, y dijo: “No tan rápido, muchachito”, y me dio un golpe en la nuca. En un par de segundos todo era de color grisáceo, después me desmayé y no recuerdo más.

Desperté en un cuarto de piedra. No había ventanas, solo una pequeña vela que daba una luz muy débil. Me traté de levantar, pero un chico alto, moreno y de ojos marrones, me dijo con una voz suave: “Todavía no te pares, no te has curado del todo”, lo observé más detalladamente y noté que tenía una cicatriz que atravesaba desde la parte superior del mentón hasta la parte inferior de la cara. Todo era muy confuso, su rostro se me hacía tan familiar que me sentí extrañamente cómodo con él,

-¿Cómo te llamas? -pregunté.

-En este lugar nadie tiene nombre y por seguridad no te atrevas a mencionarlo, todos tienen su apodo por como es tu peso, altura y condición física -él contestó.

-¿Por qué no podemos decir nuestro nombre?

-La gente que toman es gente que les crea problemas o que no les conviene tenerlos en el imperio, y nos prohíben mencionar nuestros nombres para quitarnos la identidad, que olvidemos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Nos hacen creer que solo servimos como peones sacrificables, sin sentimientos ni emociones, para beneficiar al imperio en sus batallas de conquista.

-¿Bueno, entonces qué es este lugar?

-Cuando el nuevo emperador Calígula entró al poder, creó esto, un centro de reclutamiento. Aquí te conviertes en soldado. Cada año se organiza un concurso, si sobrevives te vuelves soldado y sales, pero si fallas… ya te puedes imaginar qué pasará, pero ahora no te tienes que preocupar. Trata de descansar, mañana te enterarás mejor.

 

A la mañana siguiente me despertó el mismo niño con un balde de agua fría y me dijo: “Tienes 15 minutos para cambiarte, arreglar el cuarto y estar listo para la revisión matutina del general. Recuerda, aquí la disciplina es lo primero”.

Acabé justo cuando un señor alto y delgado me miró, con una expresión profunda, una que te dejaba helado sin palabras, simplemente helado, era horrible esa sensación, como un pequeño cosquilleo que subía por los hombros, que solo se quitó cuando pude apartar la vista de encima, cuando su voz, que era muy grave, dijo: “Sean bienvenidos a la prisión Plutón, el inframundo a la luz del sol. Todos síganme en una sola fila al área de batalla”, y subimos desde las habitaciones subterráneas.

Más que una área de batalla común, era un coliseo de piedra grisácea, donde cabían unas 10,000 personas. Peleábamos entre jóvenes desolados y tristes sin saber por qué pelean y en qué los beneficia, además de la mera diversión del sargento.

Las diferencias de tamaño eran abismales, todos eran más altos y fuertes que yo. Las salidas estaban tapadas para que nadie entrara o saliera.

Los combates eran majestuosos, cada uno de ellos, diferente. Todos tenían una habilidad, pero sin duda el más impresionante era “Aureus gladiuska” (espada dorada en latín). Tenía una fuerza descomunal y gran habilidad con la espada, no por nada tiene ese nombre, por suerte para mí no me tocó contra él, supongo que el general se compadeció de mi minúsculo tamaño, porque al que le tocó contra Aureus Gladiuska se tuvo que ir directo a “nosocomial» (hospital) por un espadazo en el muslo.

Mi contrincante tenía un tamaño descomunalmente grande, comparado a él era una pequeña semillita. La armadura me quedaba gigante, prácticamente mi visión estaba bloqueada por ese inmenso casco metálico. El suelo era de arena con madera, pero había partes con rejas, eran las escaleras que subían de nuestros dormitorios al coliseo.

Me acomodé en mi lugar, sabiendo que mi vida podría depender de esto, tal vez no era el torneo, pero podría acabar muy mal. Cuando los soldados ordenaron que empezáramos, yo me preparé, pero él corrió hacia mí con el hacha al frente, apuntando a mi corazón sin piedad ni arrepentimiento. Estaba dispuesto a matarme por ganarse su lugar.

Me paralicé, todo se movió en cámara lenta: las expresiones, los movimientos, me latía el corazón al máximo. Mi cerebro me ordenaba que me moviera, pero mi cuerpo no respondía. Entré en pánico, pero escuché esa voz suave y cálida tan familiar, gritándome que me moviera. Era el chico con el que compartía cuarto. De repente mi cuerpo respondió y se movió a toda velocidad. Para evitar que las heridas fueran de gravedad, me lancé pecho tierra, y con una patada que me había enseñado mi abuelo, lo logré, lo derribé, aunque su hacha me desgarró el muslo.

Acabó la batalla, había perdido. Cuando levanté la vista noté que mi patada no había pasado inadvertida. La gente supo que ese tipo de movimientos no se utilizaba acá. Me levanté por completo y me fui a sentar muy adolorido, pero mi miedo a que me interrogaran por ese movimiento era mucho mayor que cualquier herida, porque sabía las posibles consecuencias.

Sorprendentemente me dejaron ir a mi celda sin interrogatorios ni amenazas. Me empezaba a sentir mal porque la comida era desagradable y poca. Los recursos para estas fortalezas los habían usado Calígula y sus familiares para crear palacios y esculturas a todos los dioses.

Cuando llegué ya me estaban esperando, mi compañero inmediatamente al verme dijo:

-Supe que tenías ascendencia asiática, pero no esperaba que supieras artes marciales. Esa patada no es común por aquí.

-Lo sé, -respondí-, no debí haberla enseñado. Supongo que se apoderó de mí el pánico.

Me miró directamente a los ojos y dijo:

-¿Me puedes enseñar artes marciales, por favor?

Estaba perplejo, nadie nunca me había pedido algo así.

-Claro, pero con una sola condición.

-Lo que sea -respondió.

-Dime tu nombre.

-Romeo -contestó-. Y esta es mi identidad.