Remolino

Seudónimo: Shulami

Soy la calavera que descansa en la arena de lo más profundo del océano. Desearía volver a vivir aunque sea solo un momento para sentir lo que era tener el cobijo de la carne sobre los huesos. Abandoné la vida en aquella última vez que estuve en un barco que transportaba carga de arroz rumbo a América. No era el capitán, ni el segundo al mando; de hecho, yo solo limpiaba el piso, el más reluciente que vas a ver en años.

Nunca me gustó mucho el océano, desde chiquito rehuía, pero la paga podía sacarme de una deuda rápidamente. Acepté y en menos de dos meses estaba subiéndome a ese vehículo acuático. Después de unirme a la tripulación, fui adaptándome a la vida flotante. La rutina era la misma: levantarse, limpiar de arriba a abajo todo el barco, comer y dormir. Y es que a pesar de los mareos incesantes, me tomaba un tiempo para voltear a observar las bellas olas que se alzaban llenas de movimiento y de energía cuando el sol ya se estaba apagando.

Fue en una de esas ocasiones en las que alzaba la mirada hacia el horizonte cuando vi una anomalía en las aguas. Se movía de forma circular, pero no confié del todo en lo que estaba pensando; dudé un buen rato si ignorarlo o hacer algo. Al final tomé la decisión de no informárselo a mi superior porque en cuanto se lo dijera me podría haber contestado que eran disparates. Yo no iba a pasar por esa vergüenza, nada de ser la burla del barco entero, no gracias. Así que continué con mis actividades satisfecho de no haber comentado sobre esa peculiaridad.

Otra cosa que descubrí fue que entre más anochecía, menos se podía distinguir entre la oscuridad del mar y del cielo. De repente, sentí un fuerte tirón, como si el barco fuera jalado, como si un gigante lo agarrara y estuviera arrastrándolo cada vez más hacia la profundidad del océano.

En lo que las gotas de lluvia chocaban contra la cubierta, el capitán salió de la cabina corriendo hacia uno de los extremos del barco gritándonos en busca de una explicación sobre el abrupto movimiento. Entonces el barco tambaleó por la turbulencia de las aguas, tirando finalmente al capitán por la borda.

La tripulación corría de un lado al otro; algunos tomaron un bote para salir del barco, otros prefirieron tratar de salvar el arroz. Cuando vi que el timón estaba solo, no pude evitar ir hacia él con la fantasiosa idea de tomarlo y tener la fuerza para salvarlos a todos de ahogarse en el mar. No me importaba conseguir una recompensa o incluso volverme una leyenda del océano, pero debo de admitir que sí imaginé mi nombre puesto de forma heroica, algo así como  “el domador de remolinos”.

Así que tomé el timón pero, como una yegua salvaje, éste hizo lo que quiso girando de un lado al otro y llegándome a tirar al suelo varias veces. A pesar de eso yo me levantaba. No sé cuánto tiempo batallé por la gloria que me merecía, por el valiente intentó que realizaba. No obstante, el agua volcó el barco destruyéndolo casi por completo. Yo me hundí con él. Debajo del agua, logré ver los granos de arroz cayendo como copos de nieve en la arena al igual que los cadáveres de los compañeros que me acompañaron durante tres meses.

Sin embargo, creo que este es el momento más sublimé de toda mi existencia y el recuerdo que guardó con más cariño desde hace más de 70 años. ¿Por qué? Creo que ese fue el momento en el que más vivo me sentí.