Solo en la isla

Seudónimo: La pulga

Jim era un niño de siete años que vivía en una pequeña isla con su abuelo. Cada mañana, el abuelo se levantaba temprano, desayunaba un café y pan tostado con mermelada, y se iba remando en su bote a pescar. Mientras tanto, Jim leía una lección diaria en libros grandes que le habían pertenecido a su padre.

—¿Leíste la lección de hoy? —le preguntó el abuelo al regresar.

—Sí, abuelo —respondió Jim—. Leí sobre las estrellas y los planetas.

Y mientras el abuelo cocinaba el pescado, Jim le contaba aquello que había aprendido.

 

La vida en la isla era muy simple y tranquila. No había mucha gente, ni ruido, ni preocupaciones.

 

Una sábado por la mañana, cuando el abuelo salió a pescar, Jim leyó su lección diaria y se fue a la playa. De todas las cosas que le gustaban a Jim, sentarse en la arena a escuchar las olas del mar, era definitivamente su favorita. Así que salió de la casa y se sentó cerca de la orilla del mar a escuchar las olas. Cuando llegó su abuelo, en vez de ir directamente a la casa a cocinar, se sentó al lado de Jim. Ambos se saludaron el uno al otro y fueron las únicas palabras que intercambiaron durante mucho tiempo. El silencio reinó la isla a excepción de las olas del mar y algún pájaro que pasaba de vez en cuando. Las horas pasaban y lo que alguna vez fue día, se convirtió en noche; y donde alguna vez se vieron nubes, se comenzaron a ver estrellas.

—Ya es hora de irnos —dijo el anciano.

—Solo cinco minutos más —respondió el niño­—. Mira lo hermosas que son las estrellas.

—Sí, Jim, son hermosas, pero es hora de ir a casa.

—Está bien.

Ambos entraron a la casa, cocinaron el pescado y lo comieron con pan. El abuelo le leyó una historia a su nieto y él se quedó dormido.

 

A la mañana siguiente, el abuelo se despertó, despertó a Jim, y desayunaron juntos.

—Te preguntarás por qué te he llamado tan temprano —dijo el abuelo—. Pero antes que Jim dijera algo, él mismo continuó diciendo:

—Jim, ya no soy joven, el tiempo me ha convertido en viejo. Pero eso no es malo, he vivido y aprendido mucho. Y es por eso que creo que ya es hora de que vayas conmigo a pesar. Sin embargo, habrá algunas reglas que deberás seguir. Y seguido de eso, el abuelo le recitó una serie de normas que Jim debería seguir.

—¿Alguna duda?

—No. Iré contigo y seguiré cada una de tus indicaciones —respondió el niño.

Ambos recogieron el desayuno y salieron de la casa. Tomaron el bote y comenzaron a remar hasta cierta parte del mar donde lo único que se escuchaba era una que otra gaviota que pasaba volando, pues ya no se escuchaban las olas del mar y el agua se volvió silenciosa. Jim disfrutaba mucho pasar tiempo con su abuelo y aprender de él, pues para Jim, no había persona más sabia.

Después de todo un día agotador, regresaron a casa, cocinaron el pescado, lo comieron, y se fueron a dormir. Durante los siguientes días, Jim acompañó al abuelo a pescar, y cada día fue mejorando, hasta que logró exitosamente pescar un gran pescado. Ambos se sintieron orgullosos de tal acontecimiento y decidieron celebrarlo cantando.

 

Los días fueron pasando y el abuelo se fue haciendo cada vez mas anciano. Hasta que llegó el día de su partida. No hubo día más triste para Jim. Y para honrar su memoria, se levantaba temprano, desayunaba y se iba a pescar; y por la tarde, cuando llegaba, cocinaba el pescado, se lo comía, leía una lección y se iba a dormir. Por varios días, Jim no se sintió fuerte como para visitar la habitación de su abuelo, hasta que tomó valor y revisó aquella pequeña habitación repleta de recuerdos, donde encima de la mesita de noche encontró una carta la cual leyó derramando lágrimas y al terminarla la guardó como su objeto más preciado.

 

Querido nieto,

Para cuando leas esto, 

yo ya habré partido.

Pero no te preocupes,

porque siempre estaré a tu lado.

En cada lección que leas

y cada pez que pesques.

No te preocupes por mí, 

yo ya he de estar en un lugar más feliz.

Ojalá hubiera podido quedarme,

y pasar tiempo contigo,

aunque sea un instante.

Lo único que me queda por decir

es gracias. 

Gracias, gracias, gracias.

Gracias por alimentar mi alma de alegría

y llenarme de risas. 

Gracias por enseñarme a imaginar

que de adulto a veces se olvida.

Gracias por enseñarme a escuchar las olas del mar

y sentir a sentir con mis pies la arena.

Gracias por enseñarme que una sonrisa

vale más que mil monedas,

y que el tiempo es más valioso 

cuando estás al lado de alguien amado.

Jim, algún día nos volveremos a encontrar

y escucharemos las olas del mar.

 

—Tu abuelo.