Tablero espiral

Seudónimo: Flor de Lis

Cuando desperté estaba dentro de un tablero de ajedrez en una gran arena. Al parecer, las piezas eran personas; me encontraba en la posición de un peón y, de repente, la persona que estaba a mi lado dio dos pasos hacia el frente, como si una fuerza externa la hubiera movido; al voltear mi mirada, un reloj gigante estaba marcando el tiempo, se escuchaba un público pero no fui capaz de verlo; la partida seguía en juego, esa misma fuerza hizo que mi cuerpo se moviera una casilla más adelante, un alfil contrario se comió a un peón que al parecer era de mi equipo; cuando ocupó su casilla, el peón se convirtió en una cucaracha. Pensé que mi sueño ya había acabado, cuando, de pronto, volví a dar un paso, sólo quería que la partida terminará. A la vez me sentía impotente por no moverme con libertad y asombrada ante todo lo que me rodeaba. Mientras avanzaba el juego menos piezas quedaban y más cucarachas deambulaban alrededor del tablero.

Ya quedábamos pocas piezas, y mientras el tiempo del reloj se estaba agotando, yo quedaba más descubierta. Nada más restamos los dos reyes, un caballo contrario y yo; el caballo cada vez se acercaba más a mí, para que yo no llegara a la base contraria que me convertiría en reina y el partido estaría asegurado.

Pero así no fue.

La persona disfrazada de caballo se veía tan triste: me acababa de convertir en una cucaracha. Ya no me importaba que estaba pasando en el tablero, yo sólo quería ver la forma de escapar. Las otras cucarachas ya tenían claro que no existía salida más que ser devoradas por las aves que se daban un festín con ellas. Observando detalladamente noté que había una esquina de la arena que estaba descubierta, sin pensarlo corrí hacia ella, y, para mi suerte (si así se le puede decir), ya no estaba más en ese infierno, me encontraba tan exhausta que me quedé dormida, en medio de la nada y de todo a la vez.

Después, desperté con la tranquilidad de que esa horrible pesadilla ya había terminado.

Pero…

Al cerrar y volver a abrir mis ojos, me vi de nuevo en un tablero, un poco diferente, pero no tanto: todas las piezas eran ahora cucarachas, hasta yo. La partida volvió a empezar, mismas reglas, sólo que si te comían en una jugada, te transformabas en una hormiga que sería devorada por varias arañas que observaban la partida. Me di cuenta que aunque gane o pierda, este juego me atacará toda mi vida, que aunque me llegue a sentir libre, cada vez seré más pequeña e insignificante: estoy limitada a vivir una vida que no puede ser vivida.