Tejiendo el mar

Seudónimo: Espejo mágico

Había una adolescente de 17 años llamada María. Era muy cariñosa, pero a veces algo dura. Su pasión era tejer. María tenía un don mágico que le permitía tejer las nubes, los sueños, e incluso las pesadillas. Hasta que un día ya no sabía qué hacer, miró a la ventana y se puso a pensar.

-¡Claro! -dijo María- ¡Voy a tejer el mar!

Corrió a la playa y se puso a trabajar, y nombró al mar “Suertuda”.  Al poco tiempo se convertiría en su mejor amiga.

Después de varias horas tejiendo, María finalmente llegó a su casa a descansar. Durante la noche, María soñó algo horrible, soñó que le robaban a Suertuda, pero María no se imaginaba quién podría haber sido.

Había algo muy peculiar en Suertuda: no era azul como el mar, era de color púrpura con brillantes y coloridas estrellitas doradas, y al tocarla podías tener el mismo don que María tenía. ¿Quién no quisiera tener el don de tejer lo que sea?, y al perder a Suertuda, María ya no tendría ese don.

Al día siguiente, María despertó preocupada, ¿será cierto mi sueño, que si no tengo cerca a Suertuda, no tengo mi don?

María la colocó en un extremo de su casa, mientras ella fue a tejer más mar a la playa, y vio que no podía tejer porque no tenía cerca a Suertuda.

-¡No puede ser! ¡Era cierto mi sueño! ¡Sin ella cerca no puedo tejer!

María corrió a su casa y tomó a Suertuda, la dobló en pequeños cuadritos y la metió en su bolsillo. María dijo que siempre llevaría a Suertuda con ella, aunque no sabía por qué Suertuda le daba ese don.

Cuatro días después, María se había familiarizado mucho más con ella, y con todo el amor que le dio, Suertuda se hizo más fuerte, más increíble, tanto, que adquirió el don del habla.

-¡Qué cálido y maravilloso es este lugar! -dijo Suertuda.

-¿Quién está hablando?

María se dió la vuelta y vio a Suertuda mover su pequeña boca.

-¡Ah! -gritó María preocupada- ¿Puedes hablar?

-¡Si! -dijo Suertuda- Gracias al amor que me diste, ¡tengo el don de hablar!

-¡Fantástico! -dijo María.

Dos semanas después, Suertuda le dijo a María que quería que le tejiera un animal para que fuera su amigo porque se sentía sola por ser la única de su tipo en el mundo.

-¡Está bien! -dijo Maria. Empacó a Suertuda y se dirigió al mar.

María le tejió una tortuga, un delfín, y estaba por terminar de tejer tres pececitos dorados. De repente, Suertuda resbaló suavemente del bolsillo de María hacia el mar. De pronto, María no pudo tejer más, y se deshizo todo lo que había hecho, era como si algo se lo impidiera. Revisó rápidamente su bolsillo y vio que Suertuda había desaparecido. Saltó hacia el mar y nadó a lo más profundo para encontrarla, pero no lo logró. Ella intentó tejer una balsa, pero no tenía a Suertuda, por lo que no tenía su don.

En lo profundo del mar, María encontró una tortuga, un delfín y tres pececitos dorados que podían hablar, y se dio cuenta de que eran los mismos animales que le estaba tejiendo a Suertuda, por lo tanto esos animales eran muy especiales.

María les pidió ayuda para encontrar a su amiga, y claro, con gusto la ayudaron. Los cinco animalitos, como eran especiales y mágicos, le tejieron a María una balsa que le ayudaría a encontrar a Suertuda rápidamente, pero al no tenerla cerca, una parte del poder de los animales desapareció, por lo que ahora tardaría mucho tiempo en encontrarla.

A María no le importó y les dijo que haría todo por tenerla de vuelta, y que su paciencia y su fe nunca se acabarían. Empacó comida y agua, y comenzó la búsqueda de su mejor amiga.

Después de tres largos meses, no habían encontrado a Suertuda por el mar. María empezó a perder la esperanza y la fe, se le había acabado toda su comida, por lo que estaba muy débil.

Como María ya no creía que iba a encontrar a Suertuda, la magia de los animales se fue desvaneciendo poco a poco, y la balsa se empezó a deshilachar y únicamente quedó una parte de la balsa en donde María podría estar a salvo.

Llegó su cumpleaños número 18, María, aún en el mar, miró la luna, cerró los ojos, y pidió un deseo con todas sus fuerzas, deseó poder encontrar a Suertuda sin tener que esforzarse tanto, porque después de todo ese tiempo buscándola, casi no le quedaban fuerzas. Como ya era tarde, María descansó pensando profundamente en su deseo.

Al día siguiente, María despertó con una pequeña sonrisa en su rostro, pensando que al fin la encontraría. Pasaron horas, y horas y Suertuda no aparecía; tomó una siesta y tuvo la esperanza de encontrarla. Pasaban los días y María no la encontraba, hasta que una noche, vio pasar una tela azul que podía hablar, soltó un grito de emoción al encontrarla y los animales se pusieron muy contentos. María supo que había valido la pena cada minuto que había pasado buscándola aunque había sufrido mucho, pero una verdadera amistad era lo más importante.

-¡Suertuda! ¿Dónde habías estado todo este tiempo?

–Mh… ¿Cómo me llamaste?

–¡Por tu nombre, Suertuda! -dijo María asustada.

–Pero qué nombre tan extraño, yo no tengo nombre, yo soy una tela de mar común y corriente.

–Pero no es posible, yo te tejí, eramos mejores amigas y te nombré Suertuda.  Gracias a mi amor y mi cariño puedes hablar.

–Lo siento mucho, pero no te conozco.

En ese momento, las lágrimas comenzaron a caer lentamente de los ojos de María, en lo que recordaba todos los momentos que vivieron juntas.

-¡Pero no entiendo! -dijo María- ¿Por qué no me recuerda?

Los animales le ayudarían a descubrirlo. Construyeron un coral mágico que les permitía poder entrar en la mente del otro, y esta vez se metieron a la mente de Suertuda. Los animales lo descubrieron, le dijeron a María que en el mar le habían comido el hilo de la memoria.

-¡Menos mal! ¿Pueden reconstruir el hilo? -les preguntó María a los animales.

-¡Está bien, podemos intentarlo!

Comenzaron a tejer, pero había algo que no se los permitía.

-¡No se puede! -dijeron los animales-, nosotros éramos especiales por la amistad que teníamos con Suertuda, y si ella no se acuerda de nada, nuestro poder se desvanece.

María estaba a nada de rendirse, pero pensó profundamente. Suertuda era su única amiga, era con quien podía sentirse segura, ser ella misma, a la que María le había regalado un don maravilloso y mágico. Todos esos recuerdos eran especiales, valía la pena luchar por ellos. La fe de María se convirtió en algo más grande, más poderoso, tenía la esperanza de que todo iba a estar bien con su amiga, y de pronto llegó un viento mágico llamado “Amor”. Todo ese sentimiento se convirtió en una ola de emociones positivas, que creció y creció hasta que rompió en la arena. Y fue así como el hilo de Suertuda se reconstruyó.

-¡María! -dijo Suertuda.

-¡Wow!, ¿te acuerdas de mí?

-¡Claro que sí, tú me creaste!

María soltó un grito de emoción al saber que recuperó a su mejor amiga por completo.

-Gracias al amor y tanta esperanza que tú me diste, pude volver contigo. -dijo Suertuda.

-¡Espera! -le dijo a María-, nunca me dijiste por qué no puedes tejer sin mí.

-Es que la verdad, yo tampoco lo sé.

En realidad era la fe y la confianza que le tenía María a Suertuda lo que le ayudaba a tejer, ella podría hacerlo sola, pero nunca se había animado a intentarlo.

-¡Recuerda, siempre lucha por lo que quieres y nunca te rindas, la fuerza está dentro de ti, vas a encontrar la manera de solucionarlo, y siempre lucha con fe, esperanza, y lo más importante: con amor!