Tras la crisálida

Seudónimo: Arthur Wilde

Antonia no cesaba en su constante melancolía, este estado taciturno en el que se encuentra la devora desde sus entrañas, de forma tranquila y lenta desde que él la dejó. Anoche, bajo la profunda vigilia causada por su insomnio crónico, le escribió una larga y extensa epístola. En ésta detalló su profundo dolor y vertió su corazón entero en el vil pergamino que le enviaría.

Pasaron semanas y Antonia no recibió una respuesta. Sin importar la abundancia de cosas, llena de molduras y muebles barrocos, cortinas forradas con encaje blanco y una infinidad de velas, su habitación se encontraba pletórica de pañuelos arrugados, así como de envolturas de dulces baratos. Ella anhelaba su afecto, tanto que, por primera vez en meses, salió de sus aposentos para ir a verlo. Pero al llegar a la casa del ser amado, la mirada de este inundó a Antonia con su incesable tristeza. Antonia se arrepintió de haber ido esa noche. Lapidariamente, él sentenció : “hace cuánto no te arreglas”. Su tono peyorativo no solo la quebró, la desvaneció.

Antonia se encerró en un ensimismamiento tan extremo que no se puede describir con palabras. No era una soledad mundana, el vacío que sentía la llevó a una cárcel, a un aprisionamiento que le creó una claustrofobia perenne. Pero no era cualquier prisionera, pues su sentencia fue más allá de un simple confinamiento material. Su celda era impenetrable, y su estado pesaroso la mantenía en cautividad. Vivía envuelta de células, queratina, melanina y epidermis, y éstas se volvieron su identidad.

Antonia estaba completamente sola, aislada por un capullo inmóvil, desde allí continuó escribiendo misivas. No recibió una sola respuesta. No tenía caso, no podía gritar ni llamar la atención. Había pequeños huecos en el capullo, eran barrotes de venas y nervios. Incluso en la prisión estaba sola. Abrumada en la parsimonia de sus días, encerrada en su prisión. Una prisión que ni siquiera era suya. La cotidianidad es un concepto complicado para Antonia. Si hacía lo mismo, no hacía nada. Se preguntaba: ¿es mejor vivir monótonamente o simplemente no vivir? Si lo que le estaba pasando en este momento es vida, Antonia prefería no estar viva. No buscaba morir, al contrario, la vida estaba al alcance de sus brazos, pero entre ambos había un muro impenetrable.

Lentamente, el capullo se empezó a romper, y Antonia pudo ver la realidad externa del resto del universo. Fue entonces que notó la devastadora e ineludible verdad. Al romperse la crisálida, esa prisión metafórica de su realidad, quedó desprotegida. Fuera de esa cárcel, el mundo no se mostraba nada halagüeño. Antonia, dándose cuenta de la inevitable caída al vacío, notó la abrumadora cantidad de personas que la esperaban debajo. Su espiral de pánico no solo la hizo entrar en crisis, sino que también apresuró la celeridad con la que se agrietaba la frágil superficie que la mantenía suspendida en las alturas. La imagen de su amado no cruzaba su mente en lo absoluto. A Antonia solo le preocupaba lo que sería de ella una vez desvanecido su santuario.

Cayó y cerró los ojos; más que asustada, turbada. ¿Quién seré cuando acabe de caer? ¿Viviré, o la misma fuerza del impacto me matará al instante? Para su sorpresa, Antonia abrió los ojos y su vista la petrificó al instante. Yacía en su habitación, la misma con las molduras barrocas y cortinas de encaje. Pero esta vez, los pañuelos, las envolturas, la pila de ropa sucia y las manchas de máscara de pestañas en las almohadas ya no estaban. Fue entonces que Antonia conoció la paz. No estaba segura si donde había despertado era su hogar. Ni siquiera sabía qué había afuera de los doce metros cuadrados en los que había permanecido los últimos meses. Pero ahora tenía la certeza que nada la haría sufrir más; que no volvería a agobiarse por una entelequia amorosa. Antonia solo necesitaba de Antonia para ser feliz.