Tristeza elefantiástica

Seudónimo: Teodore L.

Todd tenía todo con lo que cualquiera sólo podría soñar: el trabajo perfecto, una mansión enorme, coches lujosos y aviones privados; parecía que su vida era perfecta, pero en realidad no. Últimamente, Todd era una persona muy triste, no había nada en su vida que lo hiciera feliz, ni siquiera su nombre —que significa muerte en alemán—. No tenía ningún amigo, su vida consistía en hacer lo mismo día tras día y por más que intentaba cambiarlo, no funcionaba; cada vez que trataba de conversar con sus compañeros de trabajo la charla resultaba muy aburrida. Intentaba hacer actividades que le subieran el ánimo: subía a globos aerostáticos, viajaba por todo el mundo, escalaba volcanes, pero nada funcionaba, su tristeza era mayor.

Un miércoles, Todd se decidió a eliminar toda su tristeza y aburrimiento, buscó y buscó en internet y encontró una posible solución: no lo podía creer, finalmente había logrado dar un giro a su problema; llamó e hizo la primera cita disponible con el mejor terapeuta de la ciudad, acordó su terapia para el domingo. No cabía en sí de alegría, era lo más feliz que había estado en días, meses y hasta años. Los días pasaron muy rápido y, sin que Todd se diera cuenta, ya faltaba un día; se fue a dormir muy temprano para llegar a tiempo a su cita.

Al día siguiente se despertó más temprano de lo usual y fue a la oficina del terapeuta, llamó a la puerta y abrió un hombre de baja estatura, con un bigote que le recordó al de su artista favorito: Salvador Dalí.

—Buenos días, usted debe ser Todd Richard, mi nombre es Pablo Laurent, pero puede llamarme Pablo. Dígame, ¿a qué se debe su visita?

Pablo se veía como una persona muy amable, dispuesta a ayudarlo, así que Todd se abrió rápidamente.

—No sé qué hacer, no tengo ningún amigo, y siempre que intento hacer nuevos amigos todos se aburren de mí, solo piensan en hacer negocios.

Pablo mostró compasión e insistió en que le contara a detalle su vida. Mientras Todd la relataba, sin darse cuenta, Pablo se quedó dormido del aburrimiento, su vida era tan aburrida que hasta el psicólogo se desplomó de hartazgo; Todd estaba más triste que nunca, así que salió a dar un paseo en el parque y dejó a Pablo a ronquido pleno en el consultorio.

Mientras caminaba vio a algunos niños jugando a la pelota, pero no muy lejos de ellos notó a un pequeño con un oso de peluche; el niño fingía que la fiera era real y que libraba con ella una feroz batalla; en ese momento, Todd tuvo una idea; fue corriendo a una tienda y compró toda la tela que había, también compró algodón, botones, agujas e hilos y fue a su casa para empezar a trabajar.

Cuando Todd llegó a su casa empezó por hacer recortes en la tela, vió algunos tutoriales en internet e hizo su primer peluche, no era perfecto, pero era su primer amigo. Empezó a platicar con él y a contarle todo lo que se le ocurría, y comenzó a encontrar consuelo en hablar con su compañero de trapo, así que hizo muchos más muñecos de toda especie de animales, pero el que más llamó su atención fue un elefante, sus ojos se veían muy tristes, así que empezó a intentar consolarlo, aunque no lograba ningún cambio: le cosió una sonrisa, pero no le gustó, así que la descosió. Pasaron algunos días y Todd platicaba con sus nuevos amigos todas las noches, aunque no le era suficiente. Hay tristezas que parecen incurables. Hay tristezas del tamaño de un mamut.

Una mañana, Todd se despertó muy cansado, no había podido dormir toda la noche, ya que pensaba en su peluche elefante, ¿algún día lograría ser feliz? Todd creía que todos los animales eran felices, excepto su elefante de peluche. Al levantarse, Todd vio que el paquidermo no estaba en su lugar, lo buscó por todas partes pero no lo encontraba, estaba a punto de rendirse cuando descubrió a su elefante sentado en un columpio afuera de su casa; se acercó lentamente y cuando estuvo lo suficientemente cerca vio que el peluche se estaba moviendo solo, pensó que era su imaginación así que se acercó más y se dio cuenta de que el elefante estaba llorando, entonces le preguntó si estaba bien; el elefante lo volteó a ver y le dijo:

—No, en realidad no estoy muy bien.

Todd quería consolarlo así que empezó a contarle las cosas más divertidas que se le ocurrieran, entonces el elefante sonrió. Algo había del elefante en Todd y algo de Todd en el elefante.

—Bueno, creo que ya me tengo que ir– le dijo el elefante y se fue con los otros peluches.

El elefante cobraba vida una vez al día, a veces por pocos minutos y otras veces por horas; Todd se empezó a dar cuenta de que el ánimo del elefante cambiaba de acuerdo al suyo, sus pláticas eran muy interesantes y ninguno se quedaba dormido ni se aburría: el elefante era el amigo perfecto, o al menos eso era lo que Todd creía. Estaba tan alegre por al fin conseguir a un nuevo amigo que decidió llevarlo al trabajo. Al llegar se encontró con el señor que hacía la limpieza, Mario, al presentarle al elefante, el hombre comenzó a reír diciéndole que no había nadie al lado de Todd, pero este lo ignoró y fue con el hijo de uno de sus compañeros, quien tenía alrededor de 9 años.

—¿Sabías que yo tengo un amigo mágico? Está justo aquí, al lado mío —Le dijo Todd al chico.

El niño comenzó a llorar y le gritó a su papá:

—¡Papá, un drogadicto loco me está hablando, me van a secuestrar!

Todd no sabía cómo reaccionar; el padre del niño corrió a donde estaba el niño-

—¿Acaso estás loco? ¿Qué le haces a mi hijo? Estás enfermo, voy a llamar a la policía si te vuelves a acercar a mi hijo- Le gritó a Todd.

—Pe… pero ¿no lo puedes…ver?- Tartamudeó Todd.

Acto seguido el hombre se fue a consolar a su hijo y Todd se fue de ahí pensativo, no entendía por qué los demás no veían lo que él veía. Volteo a ver a su elefante.

—¿Lo que dicen es verdad? ¿Acaso no eres real? ¿Y si estoy loco? ¡No lo entiendo! Pero si yo si te puedo ver, estás aquí, existes ¿O no? Tal vez todos los demás están locos y tú eres real —Dijo reflexivo— ¡No! Eso no tiene lógica —gritó, entonces el elefante volteó, y empezó a hablar

—No te lo puedo decir, pero seguro alguien más podrá —al acabar de hablar, su tamaño aumentó, y el elefante descomunal desapareció.

—¡Regresa! —Gritó Todd; entonces sintió las miradas de todos, volteó a su alrededor y encontró su peor pesadilla: tenía los ojos de todos encima. No sabía qué hacer, normalmente era no visto, aunque ahora su amigo, aparentemente invisible, lo había vuelto más visible que nunca.

—¿Qué le pasa? —Se escuchaba entre los cuchicheos de la multitud

—Seguramente está loco.

Todd ya no podía más, tenía que ponerle fin a su situación de tristeza, elefantes y locura. Entonces se echó a correr, hasta encontrar un lugar seguro, encontró un local que tenía escrito “Consultorio psiquiátrico, primera consulta gratis”. Esto podría ayudarme, pensó, quizás esta vez sí funcione. Entonces entró, todas las paredes estaban pintadas en diferentes tonalidades de gris, esperó un momento hasta que llegó su turno. Cuando entró al consultorio, empezó a relatar su historia, y vio que el doctor el doctor estaba escribiendo en su cuaderno, lo cual le causó mucho estrés, ya que creyó que no lo estaba escuchando. Finalmente el doctor habló.

—Creo que tienes una enfermedad mental, a eso se deben tus alucinaciones, y el crecimiento del elefante se debe al crecimiento de tu estrés. Te llevaremos a un hospital mental lo más pronto posible.

Todd negó con la cabeza.

—¡No! —gritó—. No es eso, lo que veo es real, yo lo sé, no estoy loco.

El doctor llamó a una ambulancia, y, a pesar de la resistencia que mostraba, lograron subirlo y así llevarlo al hospital psiquiátrico. Ahí dentro volvió a ver al elefante, pero ahora era más enorme, gigante, titánico y descomunal; tal vez el psiquiatra tenía razón y todo era un alucine.

—¿Qué quieres? —Le preguntó Todd a la bestia prodigiosa— ¿No te basta con el sufrimiento que me has causado? —Gritó—.

El elefante tranquilamente contestó:

—Quiero maní y vivir muy lejos de los ratones, porque me dan pánico.

En ese momento, un ratoncito cruzó por la habitación y el elefante de Todd se aterrorizó, destruyó el hospital y aplastó con sus patas a su dueño. ¿Quién puede controlar a una tristeza que crece más que un elefante? ¿Quién? ¿Todd?