Un ramo de tulipanes

Seudónimo: Ciria

Su tumba está adornada en su mayoría con rosas blancas y algunas margaritas. Es fácil distinguir su lápida, que es del blanco más puro de las demás, pintadas en distintos tonos tristes de gris que no intentan disfrazar su lúgubre propósito o el frágil cadáver enterrado debajo. Fui ingenua al creer que su afición al blanco y odio hacia los colores, cualquiera que sea, terminaría después de su muerte.

La adicción de mi padre comenzó cuando tuvo la oportunidad de independizarse, se mudó a una casa, de la cual desconozco el aspecto anterior, pero que mi padre la transformó en un edificio balnco por completo, blanco sin excepcionar un solo rincón.

Mi padre usaba un tinte blanco en su pelo que jamás había descuidado, nunca conocí el color natural de su pelo o el de su piel, él también cubría su rostro y labios, cuello y orejas en pintura blanca. Era difícil ver sus cejas que se perdían en su rostro y estaban también decoloradas por el tinte que era de un tono idéntico al blanco de su piel. Todo esto lo acompañaba vestido siempre de un traje blanco que debía en todo momento cubrir sus muñecas y brazos. El pantalón era siempre largo para evitar que el color carne de su piel se asomara por encima de sus zapatos. Sus trajes nunca estaban arrugados y los lucía con un porte impecable y, para complementar su elegancia, usaba guantes largos, por supuesto, blancos por debajo de sus mangas.

La curiosidad en mí por saber la razón de su afán siempre estuvo presente y me era difícil evitar preguntas obvias o discretas que se escaparan de mi boca, convirtiendo el ambiente en uno incómodo, repleto de silencios y respuestas inconclusas. Cada vez que el tema surgía mi padre no tenía el valor de mirarme a los ojos y se portaba aún más distante de lo normal.

Algunas veces simplemente permanencia en silencio y esperaba a que sea alguien más el siguiente en hablar o era él mismo quien se desviaba del tema, pero aunque dejáramos atrás la tensión que las preguntas causaban, la vergüenza en su mirada y su rostro que se notaba preocupado tardaban más en volver a la normalidad.

El notable inconveniente que la historia de su pasado le causaba a mi padre, no hizo más que hacer crecer mi curiosidad y, al no poder responder las preguntas que tanto ansiaba saber, la frustración era otro elemento común en mi comportamiento. Era insoportable tener que vivir con un desconocido, que finge no saber que cada vez que lo miraba era con el ceño fruncido como si intentara descifrarlo y, que una vez que notaba alguna imperfección en su lisa y alba piel, no podía dejar de intentar mirar a través de su máscara del color de la luna.

El día en que vi a mi padre morir marcó sin duda un capítulo en mi vida. Al ser un hombre con su nivel de importancia, en cuanto a su trabajo, las amenazas de muerte y enemigos nunca faltaron en la familia. Aunque mi padre trataba de esconder las cartas llenas de rencor y promesas de odio de mí, el notar a mamá tan angustiada y a juzgar por una compilación de partes de conversaciones que de vez en cuando podía escuchar, sabía mucho más de lo que mis padres creían. Pero las amenazas y cartas con el tiempo se volvieron usuales, las palabras que un par de años atrás me dejaban noches sin dormir, de pronto ni siquiera me provocan estremecerme y las conversaciones, que en un principio mi padre y mi madre dejaban para ser privadas, se volvieron un tema de conversación a la hora de la comida.

Jamás creí que hubiera algo diferente a las amenazas del señor Thomas, pero estaba rotundamente equivocada. Recuerdo que todo pasó en plena luz del día, la luz del sol que cruzaba los ventanales blancos de cristal de la casa hacía brillar el blanco a su máximo esplendor. Papá tenía una taza de café en la mano y alguien tocó a la puerta, mi padre se levantó en de la mesa de la cocina en donde estábamos desayunando y cruzó al pasillo para abrir la puerta, después de escuchar por última vez su voz preguntando quién estaba al otro lado de la puerta sin obtener respuesta alguna. Pudimos escuchar la taza de mi padre caer al suelo y romperse en pedazos, ese ruido fue seguido, por lo que era sin duda, la bala de una pistola y la puerta cerrándose de nuevo. Mamá se levantó de la mesa alarmada y corrió hacia el pasillo. Yo fui detrás de ella y apenas me asomé por la puerta. Pude ver un charco rojo de sangre que resaltaba gracias al piso y los blancos alrededores.

No podía ser más evidente que ya no estaba. Mamá se hincó en el piso y sus sollozos no tardaron en dominar el silencio. Yo me quedé mirando petrificada, recuerdo ver el rojo manchar el traje de mi padre, era todo lo que podía ver. El contraste del rojo y el blanco.

Es de ahí de donde surgió mi miedo  al blanco y mi casa la transformé en una negra por completo, sin excepcionar un solo rincón. Uso un tinte negro en mi pelo que jamás esta descuidado, tambien cubro mi rostro y labios, cuello y orejas en pintura negra y es difícil ver mis cejas, que se pierden en mi rostro y están también decoloradas por el tinte que es de un tono idéntico al negro de mi piel. Todo esto lo acompaño vestida siempre de un traje negro que debe en todo momento cubrir mis muñecas y brazos, el pantalón es siempre largo para evitar que el color carne de mi piel se asome por encima de mis zapatos. Mis trajes nunca estan arrugados y los lusco con un porte impecable y, para complementar mi elegancia, uso guantes largos, por supuesto, negros por debajo de mis mangas.

Cada vez que visito la tumba de mi padre, llevo conmigo un ramo de tulipanes negros, para intercambiarlos por esas horribles rosas blancas que yacen siempre en su tumba.